Santisima Trinidad

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Los Cuentos de la Petro

El tío Croquino y la tía Prolina

El tío Croquino y la tía Prolina

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Este libro no podrá ser reproducido ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados. Registro de propiedad intelectual. Inscripción número 176829-202809. Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos. Santiago de Chile.

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Los Cocodrilos de Momomomoyo

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La Petro y el Grillo Comino

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Los cuentos de La Petro

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En esta sección de cuentos, queremos mostrar un lugar en donde la familia pueda disfrutar historias mágicas de todo tipo. La vida y la muerte son hermanas. Nuestra apuesta es encontrar dentro de un espacio que se utiliza para información del deceso, espacios de vida en donde personajes animados toman el protagonismo con historias amenas y entretenidas. Usaremos también historias en que aparece la muerte y será aprovechada para explicar, dentro de lo posible, conceptos y realidades a los niños, siempre concientes de que estamos ante un Misterio Sagrado.

 


 

La Petro era una niñita de siete años. Un año antes tenía seis; y dentro de otro, tendría ocho. Pero ahora tenía siete. ¡Obvio!

Vivía junto a sus padres Papiro y Nova; y sus tres hermanos: Antolaya de nueve años, Momomomoyo de diez y Bebebelón de once. Su casa estaba en una región al sur de un largo y angosto país llamado Chile, en Sudamérica.

La Petro sólo tenía cuatro pelos en su cabecita, unos grandes y preciosos ojos negros, pecas en sus mejillas, una nariz pequeñita y una boquita que parecía un corazón con una raya al medio. Le interesaban todas las cosas del mundo, menos las que le eran indiferentes. Pero como no había nada que no le importara, entonces le interesaba todo.

Papá Papiro era amable. Nunca se enojaba, pero es que tampoco se enteraba de nada, pues vivía, como se dice, en las nubes. Su trabajo consistía en pegar las hojas que se les caían a los árboles. Las volvía a poner en su rama. Por eso en otoño tenía tanto trabajo.

Mamá Nova era alegre. También vivía en las nubes y se pasaba el día bailando y dando saltos acrobáticos (había sido campeona de gimnasia olímpica en su juventud). A veces chocaba con puertas y murallas y alguna vez hasta siguió de largo por la ventana. Entonces se sacudió un poco el pasto y entró a la casa de nuevo.

Otras veces, en cambio, se quedaba desmayada por algún tiempo, luego se despertaba y seguía sus labores hogareñas sin acordarse de su caída. Planchaba bailando, cocinaba bailando, ordenaba el closet bailando, se duchaba bailando…

Antolaya, su hermana, sí que tenía pelo. ¡Ah! y mucho. La Petro una vez se los quiso contar y se demoró un mes entero. Fue durante las vacaciones de verano, llegaron a la playa y empezó. Para cuando ya había terminado, las vacaciones se habían acabado así es que ni siquiera alcanzó a desempacar su maleta. Contó la misma cantidad de pelos que de habitantes tiene el planeta: seis mil millones.

Momomomoyo tenía una gran afición: los cocodrilos. Toda su habitación estaba llena de figuras de ellos y no había nada pero nada de él en que no apareciera por lo menos uno.

Bebebelón, el de nueve años, dormía con Momomomoyo y no le gustaban los cocodrilos. Es más, les tenía miedo, pero sabía que había cosas que tendría que aceptar por el hecho de compartir dormitorio con su hermano. Su afición era leer y estudiar.

La casa tenía otro habitante: el Erizo. Un perro que había nacido verde de tanto pasto que comía su mamá. Dormía en el patio y era el guardián de la casita de muñecas que tenía la Petro.

Pero de esto y mucho más hablará cada historia que hoy la Petro te invita a compartir.

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